Cuando pienso en las series que veía de pequeño, siempre recuerdo tres por encima de las demás: Bola de Dragón, Campeones y Los Caballeros del Zodiaco. Esta última la disfruté mucho más que ninguna, debido, en gran parte, a los muñecos que sacó BanDai a principios de los 90. Tenía todos los que salieron a la venta y disfrutaba como un enano jugando con ellos (y tirándolos por los aires, las cosas como son).
Viendo las figuras hoy en día, no parecen gran cosa, pero nos encantaban. Al igual que en los dibujos, ¡se podía montar la armadura sobre el caballero o sobre la peana! No quiero ni imaginarme cómo habríamos reaccionado si las Myth Cloth (de las que hablaré algún día) hubiesen existido en esa época.
Mi primer contacto con el manga fue la Edición Blanca de Dragon Ball, aunque sólo tenía números sueltos que encontraba en los quioscos. Sirvió como toma de contacto, pero ahí quedó la cosa.
Sin embargo, no sería hasta el año 2001 cuando el friki que llevaba dentro empezaría a despertar.
Un amigo mío siempre compraba la revista Minami y, gracias a eso, se enteró de que la historia de Los Caballeros del Zodiaco proseguía más allá de Poseidón (donde acababa la serie de dibujos). Por lo visto, había una última saga en la que se enfrentaban a Hades, el dios del Inframundo.
No bastando con eso, me dijo que lo habían traducido y que lo iban a sacar a la venta. La editorial era Glénat y la publicación iba a hacerse de un modo curioso: cada mes, sacarían dos tomos. Uno de los antiguos y uno de los nuevos (puesto que la serie original acababa en el tomo 18).
Al cabo de unos meses, fuimos a una tienda de cómics (la primera que pisé en mi vida) y me compré los tomos 1 y 19.
Me llevé dos grandes sorpresas al tenerlos en mis manos. Para empezar, la serie nunca se había llamado Los Caballeros del Zodiaco, sino Saint Seiya. Además, el cómic se leía… ¡al revés! ¿Sería un error de imprenta? La respuesta, obviamente, era NO. Pensé que sería imposible leer así, pero lo cierto es que uno se adapta fácilmente al cambio.
Ojeando un poco más la tienda, vi que había montones de colecciones raras y desconocidas para mí, pero no les hice caso. Yo sólo quería tener Saint Seiya en mis manos.
Por eso, aunque Saint Seiya fue mi punto de partida en este mundillo, no fue la serie que me marcó y que me convirtió un apasionado del manga. Otro título fue el causante de todo…



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